Después de casi seis meses trabajando mar adentro, Ry regresó a casa sin avisar a nadie. Su contrato había terminado antes de lo previsto y solo quería una ducha caliente y dormir durante horas.
Pero en cuanto aparcó su camioneta, la puerta de la casa vecina se abrió de golpe.
Karen salió descalza y comenzó a correr sobre la hierba mojada.
Ry supo inmediatamente que algo había ocurrido.
Antes de marcharse, nunca habían definido realmente su relación. Eran vecinos, pero Karen le llevaba pan, él reparaba cosas en su casa y ambos conocían cada pequeño detalle de la vida del otro.
La noche antes de partir, ella le preguntó:
—¿Vas a volver?
—Siempre.
Durante los primeros meses intercambiaron mensajes. Después, el barco fue enviado más lejos y las comunicaciones se volvieron difíciles.
El día 143 llegó una fuerte tormenta.
La radio del barco dejó de funcionar.
Karen figuraba como contacto de emergencia, así que la empresa la llamó.
—Hemos perdido el contacto con la embarcación.
Durante dieciocho horas no supo si Ry seguía vivo.
Pasó toda la noche frente al ordenador actualizando una y otra vez la última posición conocida del barco.
Finalmente llegó una segunda llamada.
Habían sobrevivido.
Ry estaba bien.
Pero Karen nunca le contó cuánto miedo había sentido aquella noche.
Semanas después, cuando Ry supo que volvería antes de tiempo, decidió sorprenderla.
Por eso, cuando Karen lo vio bajar vivo de la camioneta, salió corriendo sin zapatos ni abrigo.
Atravesó el jardín, le golpeó una vez el pecho y después se abrazó a él llorando.
—Dijiste “siempre” —susurró.
Ry la sostuvo con fuerza.
Por primera vez comprendió cuánto había significado aquella palabra para ella.
—Lo sé —respondió—. Y esta vez he vuelto para quedarme.
Meses después, Ry rechazó otro contrato de seis meses y aceptó un trabajo en tierra.
Descubrió que “volver a casa” nunca había significado únicamente regresar a una dirección.
Una noche, mientras estaba sentado con Karen en el porche entre las dos casas, finalmente hizo la pregunta que ambos habían evitado durante años.
—¿Podemos dejar de fingir que solo somos vecinos?
Karen sonrió.
—Estaba esperando a que el marinero se diera cuenta.
Un año después se casaron en aquel mismo jardín.
Y cuando alguien preguntó a Ry cuándo había comprendido que amaba a Karen, no habló de la boda ni de su primer beso.
Simplemente respondió:
—El día que volví del mar y ella corrió hacia mí descalza.