Durante ocho años no supe si mi hija seguía viva.
Hasta que, a casi mil kilómetros de casa, vi a una desconocida llevando el mismo pareo turquesa que Nora vestía aquel día.
Reconocí el pequeño sol amarillo que mi madre había cosido en el borde.
Cuando enseñé a la mujer la fotografía de Nora, se puso pálida.
— Ella no puede saber que usted está aquí.
Después pronunció el nombre de mi hija.
Antes de marcharse, me entregó una llave con el número 214 y me indicó una taquilla de la estación de autobuses.
También me pidió que no se lo contara a Michael, mi marido.
Dentro de la taquilla encontré un teléfono, fotografías recientes y una carta escrita por Nora.
Finalmente descubrí la verdad.
Cuando desapareció, Nora había averiguado que Michael, que por entonces era un amigo cercano de nuestra familia, escondía graves problemas económicos y utilizaba información financiera relacionada con mi difunto primer marido.
Nora quería contármelo.
Alguien la convenció de alejarse unos minutos de la playa prometiéndole pruebas.
La mujer del pareo, Elena, había estado allí.
Comprendió demasiado tarde que Nora había caído en una trampa y terminó ayudándola a alejarse de quienes la buscaban.
Con los años, Nora llegó a la edad adulta y comenzó una nueva vida con otro nombre. Había tenido miedo de regresar mientras no supiera quiénes estaban implicados.
Los documentos de la taquilla permitieron que las autoridades revisaran el caso y contrastaran la información sobre varias personas, incluido Michael. La investigación posterior determinó qué papel había tenido cada una.
Semanas después me llevaron a un pequeño despacho.
La puerta se abrió.
Entró una joven de veinticuatro años.
Habían pasado ocho años, pero reconocí inmediatamente sus ojos.
— Mamá —dijo.
No pregunté por qué había tardado tanto.
Simplemente la abracé.
Nunca recuperaríamos los cumpleaños, las Navidades ni todos aquellos años perdidos.
Pero recuperé algo que durante ocho años había creído imposible.
A mi hija.
Y aquella noche, por primera vez desde que Nora desapareció, pude cerrar los ojos sin preguntarme dónde estaba.