La madre aseguraba que su hija estaba con los vecinos. El único desaparecido debía ser Murchik, el gato gris de la familia.
Pero Grom sabía algo que los demás ignoraban.
Agarró con los dientes la manguera amarilla, la arrastró por el pasillo y se detuvo frente al armario de Sofia. Después golpeó tres veces contra el suelo el acople metálico.
La bombera Natalia Shevchuk pidió silencio.
Desde el armario llegó un golpe muy débil.
Ya lo habían revisado, pero las puertas apenas se abrían. Un pesado baúl las bloqueaba desde dentro.
Natalia se tumbó en el suelo y miró por la pequeña abertura.
Primero vio el pelaje gris de Murchik.
Después vio una mano diminuta.
—¡Hay una niña aquí!
Los bomberos lograron mover el baúl y sacar a Sofia. Estaba casi inconsciente por el humo, pero seguía respirando.
En el hospital descubrieron lo ocurrido.
La madre realmente pensaba dejar a Sofia con los vecinos. Sin embargo, la niña había regresado a casa para buscar a su gato.
Cuando comenzó el incendio, Sofia se escondió con Murchik dentro del armario. En medio del pánico movió accidentalmente un pesado baúl, que terminó bloqueando las puertas.
Su madre, al no encontrarla afuera, creyó que ya había ido a casa de los vecinos.
Pero Grom había visto regresar a Sofia.
Por eso se negó a abandonar la casa.
La niña se recuperó y Murchik también sobrevivió.
Cuando permitieron que Grom entrara en la habitación del hospital, Sofia lo abrazó con fuerza.
El perro apoyó la cabeza junto a ella y finalmente cerró los ojos.
Los bomberos habían salvado a Sofia.
Pero todos sabían quién había sido el verdadero héroe.
Grom no podía explicar dónde estaba la niña.
Así que hizo lo único que podía hacer:
volvió una y otra vez hasta que alguien decidió escucharlo.