No sabía qué significaba el parche de su hombro:
Fantasma 4.
Mariana acababa de terminar un turno de treinta y seis horas cuando llegó para declarar a favor de Mateo Salcedo, un exinfante de Marina acusado de agredir a tres hombres afuera de un restaurante.
Uno de ellos era hijo del poderoso empresario Octavio Briseño.
La prensa ya había presentado a Mateo como un veterano violento.
Pero Mariana conocía la parte que faltaba: Mateo había intervenido para proteger a una joven mesera que estaba siendo amenazada.
Cuando el juez volvió a exigirle que se quitara la chamarra, las puertas se abrieron.
Un almirante entró.
Vio el parche.
Palideció.
Después se cuadró frente a Mariana y la saludó.
— Fantasma Cuatro.
La sala quedó en silencio.
—¿Quién es esta mujer? —preguntó Villalobos.
El almirante respondió:
— Fue enfermera táctica de una unidad especial de rescate naval. Durante una operación clasificada, su equipo quedó atrapado bajo fuego. Rivas permaneció con los heridos y ayudó a evacuarlos cuando retirarse habría sido mucho más fácil. Fantasma Cuatro era su indicativo.
Mariana había abandonado aquella vida años atrás y jamás utilizó su pasado para obtener privilegios.
Entonces declaró sobre Mateo.
Contó que, mientras atendía a uno de los supuestos agredidos en el hospital, lo escuchó decir que Mateo “no debía haberse metido” y que “la muchacha no existía”.
La defensa pidió investigar.
Finalmente apareció una grabación de seguridad de un negocio cercano.
Las imágenes mostraban a los tres hombres rodeando a la mesera. Uno sacaba un cuchillo.
Mateo intervenía después.
No había iniciado la violencia.
Había intentado detenerla.
Los principales cargos contra él fueron retirados y se abrió una investigación sobre los tres hombres y sobre la desaparición inicial de pruebas.
Octavio Briseño abandonó la sala sin mirar a nadie.
Antes de cerrar la audiencia, Villalobos se dirigió a Mariana.
— Señorita Rivas, le debo una disculpa.
Ella miró su vieja chamarra.
— No se disculpe por la chamarra, señoría. Solo recuerde que un uniforme sucio no le dice quién es la persona que lo lleva.
Mariana salió del tribunal.
A la mañana siguiente volvió al hospital.
Guardó la chamarra en su casillero y se puso nuevamente el uniforme azul.
Porque para ella Fantasma Cuatro nunca había sido un título.
Solo era el nombre que había llevado durante otra época de su vida.
Y, con o sin él, Mariana seguía haciendo exactamente lo mismo:
quedarse cuando los demás necesitaban ayuda.