Cuando volvimos del hospital con nuestra recién nacida, Max, de cinco años, se quedó mirando la cuna y dijo algo que me dejó helada:
— Mamá, esa no es mi hermana.
Pensé que eran celos. Pero Max insistió en que la bebé que había conocido en el hospital tenía una pequeña marca roja en forma de media luna detrás de la oreja derecha.
Revisé a la niña.
La marca no estaba.
Entonces Max confesó que había visto a una enfermera entrar en mi habitación con otro bebé mientras Daniel y él habían salido unos minutos.
Regresamos inmediatamente al hospital.
La dirección revisó las pulseras, los registros y las cámaras internas. Horas después llegó la terrible confirmación: durante un traslado, dos recién nacidas habían sido identificadas incorrectamente.
Nuestra verdadera hija seguía allí con otra familia.
Las pruebas de ADN confirmaron el error y ambas niñas pudieron regresar con sus verdaderos padres.
Cuando Max volvió a coger a su hermana, buscó detrás de su oreja.
Allí estaba la pequeña media luna roja.
Él sonrió y susurró:
— Ahora sí eres tú.
Desde aquel día nunca volví a decir que un niño era demasiado pequeño para darse cuenta de que algo estaba mal.