Hasta que una noche anunció que se marchaba cuatro días de pesca con sus amigos.
Cuando le pregunté cómo iba a ocuparme sola de dos bebés, respondió:
— Querías ser madre. Pues compórtate como una madre.
Se marchó a la mañana siguiente.
Aquellos cuatro días fueron agotadores, pero también me hicieron ver nuestro matrimonio con otros ojos.
Mientras buscaba los documentos del seguro de las niñas, encontré varios extractos bancarios.
Desde el nacimiento de las gemelas, Julian había estado transfiriendo dinero de nuestra cuenta conjunta a una cuenta personal.
Era dinero reservado para los gastos de nuestras hijas.
Sin embargo, había terminado pagando sus salidas, viajes e incluso aquellas vacaciones de pesca.
Llamé a un abogado.
También pedí ayuda a mi hermana y empecé a separar mis finanzas de las de Julian.
Cuando regresó, encontró varias de mis cosas empaquetadas.
En el salón había un abogado con una carpeta.
— ¿Qué significa esto? —preguntó Julian.
Lo miré tranquilamente.
— Me dijiste que me comportara como una madre. Eso estoy haciendo. Estoy protegiendo a nuestras hijas.
Cuando vio los documentos bancarios, su expresión cambió.
— Iba a devolver el dinero.
— El problema no es solamente el dinero. Durante seis meses me has demostrado que cuando ser padre resulta incómodo, simplemente desapareces.
No tomé ninguna decisión impulsiva.
Después de recibir asesoramiento y asegurar una situación estable para las gemelas, inicié nuestra separación. Las cuestiones económicas y parentales se resolvieron por los cauces correspondientes.
Julian finalmente tuvo que comprender que ser padre no significaba aparecer únicamente cuando le convenía.
Y yo comprendí algo todavía más importante.
Aquellos cuatro días no destruyeron nuestro matrimonio.
Solo me dieron el tiempo necesario para admitir que llevaba meses intentando mantenerlo sola.