Cuando tenía seis años, le prometí a mi mejor amigo Noah que algún día iríamos juntos al baile de graduación.
Doce años después, estaba frente a mi casa con un traje azul, listo para cumplir aquella promesa. Pero antes de que pudiera bajar, mi madre me encerró en mi habitación.
— Tienes que saber lo que ocurrió cuando tenías siete años.
Me contó que una tarde desaparecí durante casi cuatro horas. Todos me buscaban.
Fue Noah quien me encontró.
— Pero antes siguió a la persona que te había llevado —añadió mi madre.
Era mi tía Claire, quien solía cuidarme cuando mis padres trabajaban. Después de una fuerte pelea familiar, decidió llevarme con ella y marcharse de la ciudad sin avisar.
Noah la vio meterme en el coche.
Con solo siete años, memorizó la matrícula, corrió hasta una gasolinera y pidió a un adulto que llamara a la policía.
Gracias a él me encontraron antes de que Claire pudiera marcharse.
— ¿Por qué nunca me lo dijisteis?
Mi madre bajó la mirada.
— Claire fue hospitalizada después. Queríamos protegerte.
Entonces alguien llamó suavemente a la puerta.
— Vamos a llegar tarde al baile —dijo Noah desde el pasillo.
Abrí.
— ¿Te lo contó? —preguntó.
Asentí con lágrimas en los ojos.
— Me salvaste.
Noah se encogió de hombros.
— Claro. Me habías prometido ir al baile conmigo.
Me reí entre lágrimas y tomé su mano.
Doce años antes creía que solo había hecho una promesa infantil. Aquella noche comprendí que Noah también había cumplido la suya: permanecer a mi lado pasara lo que pasara.
Y juntos nos fuimos al baile.
Tal como habíamos prometido.