Marta Coutinho no pudo olvidar la pregunta que Bia había hecho en aquel supermercado:

—Papá, ¿Tomás volverá a llorar de hambre esta noche?

Anselmo Prado no tenía suficiente dinero para comprar pañales, vitaminas y comida para su hijo.

Aun así, no pidió ayuda.

Al día siguiente Marta consiguió encontrar su casa.

Estaba a punto de acercarse cuando apareció un hombre trajeado y entregó un sobre a Anselmo.

El zapatero lo abrió.

Su rostro cambió inmediatamente.

Marta se acercó y vio algo que la dejó inmóvil.

Al final del documento estaba la firma de su padre, Augusto Coutinho, fundador de la empresa familiar.

Marta investigó.

Y descubrió una historia que nadie le había contado.

Muchos años antes, Anselmo había trabajado en uno de los primeros almacenes de Coutinho Distribuidora.

Durante un incendio, había arriesgado su vida para salvar a Augusto.

Agradecido, el padre de Marta creó un fondo para que Anselmo pudiera abrir algún día su propia zapatería.

Pero Augusto murió antes de completar el proceso.

Un antiguo administrador ocultó los documentos y Anselmo jamás recibió el dinero.

El fondo, sin embargo, todavía existía.

Con los intereses acumulados durante años, ahora valía mucho más que la cantidad original.

Marta fue personalmente a casa de Anselmo.

—Este dinero es suyo.

Él negó con la cabeza.

—No necesito caridad.

—No es caridad —respondió Marta—. Mi padre tenía una deuda con usted. Yo solo estoy haciendo que finalmente se cumpla su palabra.

Anselmo aceptó únicamente lo que legalmente le correspondía.

Meses después abrió un pequeño taller.

Contrató a otros trabajadores del barrio y Marta le ofreció un contrato para reparar el calzado de seguridad de varios almacenes de su empresa.

Anselmo aceptó.

No como un hombre necesitado.

Como empresario.

Bia volvió a la escuela tranquila.

Tomás nunca volvió a acostarse con hambre.

Y Marta comenzó a visitar aquella casa del portón verde cada vez con mayor frecuencia.

Una tarde, Bia le preguntó:

—Señora Marta, ¿usted es rica?

Marta sonrió.

—Antes pensaba que sí.

—¿Y ahora?

Marta miró a Anselmo jugando con Tomás.

—Ahora estoy aprendiendo que tener dinero y tener una vida rica no siempre son la misma cosa.

Todo había comenzado con tres pagos rechazados.

Y terminó recordándole a Marta algo que todos sus millones habían sido incapaces de enseñarle:

algunas de las deudas más importantes de la vida no se pagan con dinero.

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