Ryan aseguró que solo era un reto.
—Veinticuatro horas, Nora. Mañana todo volverá a la normalidad.
Pero aquella misma noche publicó las fotos de la ceremonia en Las Vegas.
Ava llevaba un velo barato.
Ryan le colocaba un anillo.
Y en la última foto estaban besándose.
El texto decía:
«El mejor reto que he perdido en mi vida.»
En ese momento comprendí que lo que me rompía no era aquel matrimonio absurdo.
Era su sonrisa.
Ryan parecía feliz.
Volví a nuestro apartamento, dejé mi anillo de compromiso sobre la isla de la cocina y empecé a cancelar nuestra boda, prevista para seis semanas después.
A las 9:14 de la mañana siguiente, Ryan apareció en mi mostrador junto a Ava.
—¿Cómo anulamos esto?
Lo miré con calma.
—Estáis legalmente casados. Tendréis que iniciar un procedimiento.
Su rostro palideció.
—Nora, te dije que era un juego.
Saqué un pequeño sobre de mi bolso y lo dejé frente a él.
Dentro estaba mi anillo.
—Y yo te dije que un matrimonio no era un juego.
Ava dejó de sonreír.
Ryan intentó seguirme cuando terminé mi turno.
—Espera. Podemos arreglarlo.
Me giré.
—No. Tú puedes arreglar tu matrimonio. El nuestro ya no existe.
Seis semanas después pasó la fecha en la que nosotros deberíamos habernos casado.
No hubo ceremonia.
Ryan y Ava ya habían iniciado el divorcio.
Ryan me escribió varias veces.
Nunca respondí.
Porque había tenido razón en una cosa:
A la mañana siguiente todo cambió.
Solo que no como él esperaba.