Acababa de salir del Mediterráneo cuando Adriano Moretti bajó corriendo hacia la cala.
—Clara, cúbrete y vuelve ahora mismo a la villa.
Creí que estaba celoso de los hombres que trabajaban sobre el acantilado. Entonces apareció un destello entre los árboles.
Adriano me empujó detrás de una roca.
Una bala impactó a pocos centímetros de mi cabeza.
Cuando el tirador escapó, Adriano confesó que uno de sus hombres había vendido información sobre su familia. En el apartamento del traidor encontraron una fotografía mía tomada en Edimburgo seis meses antes de que Adriano me conociera.
En el reverso estaba escrito el nombre de mi padre, muerto hacía once años.
Al regresar a la villa revisamos mi tarjeta de memoria. Alguien había fotografiado mi dormitorio mientras yo dormía. La figura que aparecía junto a mi cama llevaba el antiguo reloj de mi padre.
Los guardias registraron la propiedad hasta encontrar un pasadizo que conducía a una capilla abandonada. Allí estaba Matteo, el jefe de seguridad.
El reloj colgaba de su cuello.
Matteo terminó confesando que mi padre no se llamaba realmente Daniel Bennett. Su verdadero nombre era Daniele Bellini y había trabajado como contable para el abuelo de Adriano.
Años atrás descubrió que Vittorio, el tío de Adriano, robaba dinero de las empresas familiares y ordenaba asesinatos para hacerse con el poder. Mi padre reunió las pruebas, huyó a Escocia y cambió nuestros apellidos para protegerme.
Antes de morir escondió toda la información dentro del objeto que yo jamás abandonaba: mi vieja cámara analógica.
Vittorio había descubierto recientemente quién era yo. Envió a Matteo para recuperar las pruebas y, cuando no las encontró, ordenó que me mataran.
Los hombres de Adriano detuvieron a Matteo antes de que pudiera escapar. Dentro de la cámara hallamos un rollo oculto bajo el revestimiento. Contenía fotografías de cuentas bancarias, documentos falsificados y reuniones secretas.
Adriano entregó las pruebas a un fiscal antimafia en quien mi padre había confiado. Vittorio fue arrestado junto con varios cómplices y Matteo aceptó testificar para evitar una condena mayor.
Semanas después regresé a la cala con Adriano.
—Tu padre logró protegerte incluso después de morir —dijo.
Sostuve entre mis manos el reloj que por fin habíamos recuperado.
—Y también salvó a tu familia.
Adriano tomó mi mano.
Esta vez, cuando se acercó para besarme, no hubo disparos ni hombres escondidos entre los árboles.
Volví a Edimburgo para terminar mis estudios, pero al verano siguiente regresé a Sicilia. Ya no como la fotógrafa contratada por los Moretti, sino como la mujer a la que Adriano esperaba cada amanecer junto al acantilado.
Si has leído hasta este momento, escribe una sola palabra: LEGADO.